La primera etapa fue sin duda la más dura, en primer lugar por ser la
primera, la transición del sofá al sillín, del frescor del hogar al
calor veraniego cordobés cuesta y más aún si empieza en cuesta y aún más
si la primera cuesta es la subida a Cerro Muriano y un poco más todavía
si a la bici le añades unas alforjas cargadas a tope para el viaje con
cosas útiles, cosas inútiles y cosas por si acaso. También fue bastante
duro dejar atrás las lágrimas de mi padre. Me costó levantarme esa
mañana, tenía un largo y difícil reto, y eso unido a que no había
dormido demasiado bien hizo que saliera, tras tomarme un buen desayuno,
algo más tarde de lo esperado.Por fin mi peregrinación hacia Santiago
comenzaba y ya no había vuelta atrás.
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Primer día y
primer problema, no empezaba bien la cosa, al llegar a una cancela de
una finca, eché en falta mi saco de dormir, parece que no iba bien
sujeto a las alforjas y se debió caer cuando me eché la bicicleta al
hombro para atravesar un riachuelillo y no manchar las cubiertas de
barro. Por suerte volví sobre mis pasos y tras unos cientos de metros
allí estaba esperándome.
Un poco más adelante me crucé
con una pareja que iba dando un paseo, y con un grupo de ciclistas, y me
topé con un tramo en el que tuve que bajarme de la montura ya que era
imposible escalar por ahí pedaleando con tanta roca ni aún yendo con la bicicleta sin cargar.
El sol
comenzaba a apretar con fuerza, y me tomaba pequeños descansos en
algunas sombras y aprovechaba para comer algo y seguir pedaleando con
ganas bajo el intenso calor. Así, tras unas horas completé la ascensión
más dura de todo el camino, no por la subida en si, sino por todos los
ingredientes, el calor, la primera subida con alforjas, ...
Por
fin llegue y atravesé Cerro Muriano, poco antes había comido de las
provisiones que llegaba así que continué atravesando la zona militar
camino de Villaharta. Poco antes de llegar me topé con el primer mojón del camino.
Y por fin llegue a Villaharta, donde paré
en un bar y encontré un grupo de ciclistas que hacían el recorrido a la
inversa haciendo otra ruta ciclo-turística que pasaba también por allí.
Me tomé un refresco, rellené de agua mi mochila y los botes, y compré
una botella ya que el siguiente pueblo, Alcaracejos estaba a unos
treinta y cinco o cuarenta kilómetros, que era más o menos lo que ya
llevaba recorridos, pero era más o menos la una del medio día y no iba a
terminar la etapa tan pronto. (No en vano muchos peregrinos que van
andando hacen esta etapa desde la mitad de camino ya que es una odisea atravesarlos a pie sin ningún avituallamiento hasta Alcaracejos)
Llegó
un momento en que mis fuerzas flaqueaban, el día amenazaba con dejar paso a la noche y decidí abandonar el camino y
continuar por la carretera, aunque eran más kilómetros, eran más
fáciles de recorrer y sobre todo en menos tiempo, y quería finalizar mi etapa en Hinojosa del duque,
unos cuantos kilómetros más allá de Alcaracejos.
El sol de repente
cogió fuerza, pero yo no estaba dispuesto a rendirme,
cuanto más apretaba él mas rato pasaba yo en cualquier sombra que
encontraba a mi paso dispuesto a darme algo de aliento. Después de una
bajada vertiginosa por carreteras solitarias en la que aproveché para
llegar casi a los 70km/h (sería la velocidad máxima de todo el
viaje, ya que no encontré sitio con buen asfaltado para repetir además
de que mi precaución por conservar las maletas iba en aumento día tras
día) encontré con un espejismo, un paisano de Pozoblanco bajaba con una
bicicleta de carretera por la subida en la que yo me encontraba apeado
en el arcén posado a la pared de rocas como si fuese una salamanquesa y
como cualquier espejismo, vino con agua fresca si recién sacada del
congelador más helado de la tierra, que mezclada con la mía castigada
por el astro rey me supo mejor que cualquier coca-cola.
Después
de refrescarme gracias al agua fresca que vino como caída del cielo, me
dispuse a finalizar la insoportable subida sin sombra donde poder dar
tregua al intenso sol, y comenzaba una bajada con curvas divertidas, en
la que tuve que parar un poco ya que un camión me impedía disfrutar la
merecida bajada que vino tras la interminable subida. Serían ya sobre las 7 de la tarde cuando llegué a un cruce que señalaba Alcaracejos
hacia la izquierda, por fin a la vista el siguiente poblado, tras casi cuarenta kilómetros agónicos acompañados por un sol que rara vez me
dejaba un respiro. Gracias a una vaqueriza al borde de la carretera
pude llenar mis botes de agua, apenas me quedaban dos pequeños tragos y
tenía una sed insaciable. Finalmente pude llegar a Alcaracejos cuando
apenas quedaba algo más de media hora de luz solar, con lágrimas en los
ojos debido al esfuerzo del primer día. Tenía previsto llegar a
Hinojosa, donde me esperaban algunos parientes, pero era ya demasiado
tarde, y debía limpiar la ropa, cenar, y descansar el máximo posible
para la segunda jornada así que decidí hospedarme allí.



